No sería una gran exageración afirmar que, en los últimos años, la República Islámica de Irán ha sido considerada por numerosos observadores, si no como el 'eslabón más débil' de aquella parte de la humanidad que aspira a un orden mundial más justo, sí al menos como el miembro del llamado 'campo revisionista' con mayores probabilidades de convertirse en objeto de un ataque directo y exitoso por parte de las fuerzas del Occidente colectivo.
Lo primero efectivamente ocurrió. El 28 de febrero, último día del invierno, fuerzas conjuntas de Estados Unidos e Israel, con el apoyo directo e indirecto de otros aliados de Washington, lanzaron un ataque no provocado contra Irán. A este le siguió más de un mes de bombardeos aéreos prácticamente ininterrumpidos y de una extraordinaria intensidad contra objetivos militares y civiles de la república islámica.
El mundo entero fue testigo de las estremecedoras imágenes de las consecuencias de los ataques de la aviación estadounidense e israelí contra escuelas iraníes e instalaciones energéticas, así como de la destrucción de puentes y de situaciones que provocaron graves riesgos de desastres tecnológicos.

Sin embargo, tras el primer hecho —la agresión contra un Estado miembro de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y del BRICS— no se produjo el segundo. No ocurrió aquello que numerosos analistas, tanto en Occidente como fuera de él, daban prácticamente por inevitable: la caída de Irán, su capitulación militar o incluso el colapso de su Estado bajo la presión de un adversario que descargó sobre la república toda la fuerza de un hegemón en declive. Según estimaciones del propio Ejército estadounidense, solo el número de misiles de crucero lanzados contra Irán superó el millar.
Conviene recordar que la caída de Irán era precisamente el objetivo de Estados Unidos e Israel, algo que sus dirigentes, de hecho, nunca trataron especialmente de ocultar.
Durante más de un mes, las Fuerzas Armadas iraníes, la población y la dirigencia política del país demostraron una capacidad de resistencia extraordinaria frente a unos agresores muy superiores en términos militares. Desde el inicio mismo del conflicto, Irán comenzó además a responder con ataques contra infraestructuras militares de Estados Unidos y de los países vinculados a Washington, al tiempo que lanzó ofensivas de gran envergadura contra territorio israelí. Por decisión de las autoridades iraníes, también se cerró el tránsito por el estrecho de Ormuz, una de las principales arterias comerciales de la economía mundial contemporánea, lo que se convirtió en un importante factor del éxito político de Teherán.
El mundo entero comprobó que no se cumplieron los cálculos de los adversarios de la república islámica, que esperaban el estallido de protestas masivas capaces de sumir al país en una guerra civil.
Ocurrió exactamente lo contrario: la población iraní se cohesionó en torno a los valores patrióticos y se convirtió en un sólido respaldo para sus Fuerzas Armadas en la lucha contra adversarios militarmente muy superiores.
Al mismo tiempo, quedaron de manifiesto los resultados de la estrategia de cooperación con los países de Eurasia y los BRICS que la diplomacia iraní había construido con visión de largo plazo durante los últimos años, así como la subestimación por parte de Occidente del grado de confianza que caracteriza las relaciones entre Irán y las principales potencias de la mayoría mundial. Como consecuencia de la resistencia iraní, de la eficacia de sus contraataques y de las repercusiones económicas del conflicto, al cabo de apenas unas semanas quedó claro que los cálculos iniciales habían sido erróneos y que eran los propios dirigentes estadounidenses quienes debían buscar una salida a una crisis creada por ellos mismos.
Las negociaciones iniciadas a mediados de abril condujeron, por el momento, a que Irán y Estados Unidos alcanzaran acuerdos sobre un amplio conjunto de concesiones mutuas, cuya formalización jurídica podría servir de base para un arreglo más estable. Ambas partes se concedieron un plazo de 60 días para ello, aunque nadie sabe cuánto tiempo se prolongarán realmente las conversaciones. En realidad, eso no es lo más importante.

Mucho más trascendental es el hecho de que el fracaso de la agresión estadounidense-israelí contra Irán se ha convertido en uno de los acontecimientos más significativos de la política internacional y regional. En esencia, ha contribuido a crear una parte importante de la realidad del orden mundial multipolar cuyo surgimiento estamos presenciando. Ello obedece a varias razones, todas ellas igualmente relevantes para comprender cómo la transformación del sistema internacional influirá en la Gran Eurasia y qué nuevas oportunidades —así como qué nuevos límites— genera el éxito de Irán frente a sus adversarios para la cooperación entre los Estados de la región.
En primer lugar, desde una perspectiva sistémica, las acciones de Estados Unidos demostraron los límites del poder militar incluso de las potencias más fuertes del mundo contemporáneo.
Este aspecto reviste una importancia fundamental porque, ahora que han quedado desacreditadas las antiguas teorías que atribuían un papel decisivo al poder económico de los Estados o a su influencia sobre las instituciones internacionales, muchos consideran que será precisamente la dimensión militar la que constituya el fundamento más sólido de la estabilidad internacional futura.
Sin embargo, el conflicto demostró que los intereses de Estados Unidos en la guerra contra Irán no eran lo suficientemente amplios ni vitales como para que Washington estuviera dispuesto a emplear todos sus recursos una vez que quedó claro que no podía alcanzar la victoria con los medios de que disponía.

Si se tiene además en cuenta que la victoria de Irán en este enfrentamiento puede convertirse en un factor de estabilidad a largo plazo para Israel, principal aliado de Estados Unidos en la región, así como para la seguridad de los Estados árabes, la negativa de Washington a llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias frente a un Gobierno al que considera abiertamente hostil dice mucho sobre el futuro de cualquier compromiso de alianza.
En este contexto, los gobiernos de las repúblicas bálticas surgidas tras la desaparición de la URSS, así como algunos vecinos de China que hoy buscan albergar instalaciones militares estadounidenses en su territorio, harían bien en preguntarse hasta qué punto esa estrategia resulta realmente acertada.
En segundo lugar, el fracaso de la agresión contra Irán constituye una excelente oportunidad para reflexionar sobre los propios objetivos de la guerra.
Desde el final de la Guerra Fría nos habíamos acostumbrado a considerar que las campañas militares emprendidas por los países occidentales solían ser exitosas, al menos en el medio plazo, ya fuera mediante el derrocamiento de gobiernos que no respondían a los intereses de Estados Unidos, Europa y sus aliados, o privando a determinados Estados de la capacidad de influir en su entorno regional.
En realidad, el enfrentamiento con Irán en la primavera del 2026 se convirtió en la primera guerra perdida por Occidente en los últimos 50 años, es decir, desde la caída del régimen proestadounidense en Vietnam del Sur. Incluso aquellas campañas que finalmente terminaron en fracaso comenzaron con importantes éxitos para Occidente. Así ocurrió, por ejemplo, con la invasión de Afganistán en el 2001, que en un primer momento condujo a la ocupación del país.

En este caso, sin embargo, Estados Unidos sufrió una derrota desde el inicio, sin llegar siquiera a disfrutar de la apariencia de haber alcanzado sus objetivos. En el futuro, ello podría llevar tanto a Washington como al conjunto de Occidente a revisar toda la concepción de la 'guerra por elección', es decir, la idea de atacar a un adversario deliberadamente más débil con la convicción de que el éxito está garantizado.
Lo más probable es que Irán siga siendo, en este sentido, un caso excepcional. Aunque la República Islámica de Irán es un Estado de dimensiones medias desde el punto de vista territorial y demográfico, ocupa una posición geopolítica singular y puede apoyarse en el respaldo de poderosos competidores de Occidente. No obstante, el fracaso de la ofensiva contra Irán podría llevar a Estados Unidos a concluir que el éxito garantizado solo es posible frente a Estados completamente indefensos pertenecientes a su periferia inmediata.
Por último, el éxito de Irán reviste una importancia especial para la política internacional en la Gran Eurasia. Tradicionalmente, la estabilidad interna de esta vasta región se ha asociado al hecho de que ninguna de sus principales potencias —la India, China o Rusia— puede ni pretende ejercer una hegemonía regional. A esa fórmula, que ha sustentado la cooperación internacional en Eurasia, se suma ahora el factor iraní: un Estado de tamaño medio, pero seguro de sí mismo y, lo que es más importante: capaz de demostrar esa confianza en la práctica.
La cuestión fundamental consiste ahora en comprender cuál será la contribución de Irán a la futura arquitectura de seguridad y cooperación internacional en la Gran Eurasia durante la próxima etapa de la evolución de la política mundial.
Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club de Debate Internacional Valdái


